Una historia tejida por mujeres

Texto y fotos: Fabián Amores Núñez.

Viajar a Otavalo es sinónimo de mercado de tejidos y artesanías, de la cascada de Peguche o compatriotas indígenas vestidos con ponchos azules, camisas blancas, pantalón blanco y alpargatas en el caso de los hombres o mujeres que visten anacos y se anudan su larga trenza con fajas multicolores.

Sin embargo, la tierra de la feria indígena más famosa del Ecuador es mucho más que uno de los destinos turísticos más visitados por ecuatorianos y extranjeros.

Luego de un viaje de aproximadamente dos horas desde Quito, pasando por Tabacundo y Cayambe, ambas ciudades conocidas por la celebración de las fiestas de San Pedro y San Pablo en el mes de junio, así como por la producción de rosas para la exportación, llegamos a Otavalo, llamado por los antiguos indígenas karankis como “Valle del Amanecer”.

En esta ocasión tuve la suerte de viajar en compañía de dos periodistas españoles invitados por Quito Turismo y cuyo objetivo principal era actualizar una guía de viajes sobre el Ecuador publicada por la Editorial Anaya, así como escribir varios reportajes sobre nuestro país para diversos medios de España. Se trataba de Galo Martín Aparicio y Daniel Martorell. De los cinco días que pasamos juntos, quizás este fue uno de los más simbólicos, debido a que no es lo mismo ir a Otavalo con turistas estadounidenses, brasileños o europeos de otros países que con dos españoles.

A lo largo del trayecto fuimos intercambiando nuestras distintas visiones de la historia que tenemos en común, de lo que significó la conquista española para España y para América. Una frase que me quedó marcada fue la que me dijo Galo: “Pues la verdad es que a mi familia no le tocó nada de las riquezas que se repartieron los conquistadores hace 500 años”. Esto debería invitarnos a todas y todos los que nacimos de este lado del charco a releer nuestra historia, a repensarla y no verla con una sola mirada, sino con varias. Además sería importante analizar que con España tenemos una historia dividida en tres grandes momentos: la conquista hace cinco siglos, el éxodo masivo de compatriotas ecuatorianos hace más de 15 años y la reciente migración de españoles que vienen a nuestro país por trabajo. Pero bueno, esa será materia de otro artículo.

A eso de las 13h30 del viernes 9 de junio llegamos al barrio Santa Lucía en la parroquia de Peguche, perteneciente al cantón Otavalo. Una casa colorida atesora en su interior la historia de una mujer que se ha convertido en un símbolo de lucha y resistencia dentro del movimiento indígena. Tras llamar a la puerta nos recibió Matilde Lema, llamada con cariño por su familia y amigos como “Mama Matico”, una mujer septuagenaria cuyo rostro es el fiel reflejo de su historia. El cálido recibimiento de nuestra anfitriona fue interrumpido por sus cachorritos que también querían ser tomados en cuenta. Antes de ingresar a su casa nos mostró un cesto con maíz, la planta madre y sagrada de los pueblos originarios de nuestra América.

Mama Matico y Daniel Martorell.

Al interior nos esperaba un suculento almuerzo preparado con productos -según nos dijo Matico- provenientes de la Pachamama. “Aquí no usamos arroz, sino solo nuestros productos andinos”, prosiguió.

Mientras almorzamos nos contó su historia que en realidad es la historia de lucha de los pueblos originarios de nuestra América desde hace 500 años y en especial de las mujeres a quienes les ha tocado batallar en medio de un mundo manejado principalmente por hombres. Matico habló de lo que para sus antepasados significó la llegada del hombre blanco desde España, pero también fue muy tajante al afirmar lo duro que fue para los indígenas después de la independencia sobrevivir a las agresiones sufridas desde el mundo mestizo.

Tras años de maltrato y abuso por parte de su esposo, Matico tomó la difícil decisión de divorciarse, lo cual significó una dura prueba que tuvo que superar debido a que: “En ese tiempo el que una mujer se divorcie era mal visto porque de seguro era una mala mujer”, manifestó. No obstante, con el apoyo de sus hijos logró salir adelante y así fue como pronto se inició como líder comunitaria.

A lo largo de los años junto a otros compañeros y compañeras logró la recuperación de tierras que habían sido usurpadas por los antiguos huasipungueros o latifundistas, consiguiendo que algunas familias tuvieran una casa digna y una chakra para sembrar. Entonces empezó a organizar a algunas mujeres de su comunidad con miras a buscar una alternativa que les permitiera mejorar sus condiciones de vida. Al inicio se enfrentó al repudio de su propia familia y de personas de la comunidad quienes veían en Matico una mala influencia para el resto de mujeres, sin embargo con el tiempo su activismo la llevó a obtener el reconocimiento internacional.

Mama Matico mostrándonos el proceso del hilado. 

Así fue como nació el proyecto Huarmi Maqui que en kichwa significa “Manos de Mujer”, en el cual un grupo de mujeres se han organizado con el objetivo de elaborar tejidos de calidad que por un lado contribuyan a mejorar la vida de estas mujeres y sus familias y por otro que sea una forma de conservar el legado ancestral de nuestros antepasados. Tanto el arte de tejer como algunas de las herramientas que utilizan son herencia de sus abuelos.

Al ingresar a su taller nos encontramos con el cesto en el que se encuentran los tipos de lana que usan, una de algodón y otra de alpaca. Allí aprendimos sobre las herramientas y el proceso de elaboración de los tejidos. De igual forma Matico nos mostró con mucho orgullo su vestimenta tradicional que la usa no para fines turísticos sino porque es parte de su piel, de su cultura, de su historia.

Su incansable espíritu la hizo autoeducarse y capacitarse en diversos campos relacionados con la violencia de género, la organización comunitaria y el desarrollo de proyectos, experiencias que ha compartido con sus hijos y con las mujeres que hoy trabajan en conjunto por sacar adelante este proyecto. Sus tejidos no se venden en el mercado de Otavalo, sino que se comercializan a través de tres galerías en la ciudad de Quito o directamente en su casa taller en Peguche.

En el segundo piso de la casa se encuentra la tienda donde exhiben y venden hermosos chales, ponchos, bufandas o cojines, todos bordados a mano por mujeres que han hecho del arte una forma de decirle no a la violencia. Es en esta casa donde se van tejiendo las nuevas historias de las artistas que plasman en cada diseño un pedacito de los Andes ecuatoriales.

Si para mi fue una lección de vida que jamás olvidaré, estoy seguro que para Galo y Daniel significó la oportunidad de reencontrarse con la historia, de aprender sobre un pueblo que pese a las adversidades se resiste morir en medio de la avalancha de la globalización, del libre mercado y de la tecnología. En estos momentos que España enfrenta una de las mayores crisis económicas y sociales de su historia, pensar en el desarrollo comunitario podría ser una forma de salir adelante, de construir un mundo mejor, más justo y solidario. Si hay una palabra que nuestros amigos se llevan de nuestro país y que a partir de ahora para ellos adquirirá otro significado es comunidad.

Para quienes deseen obtener más información de Casa Matico y el proyecto Huarmi Maqui pueden contactarse a los teléfonos (593-7) 2814106 / 92561099.

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